2 de enero de 2012

Pequeña y menuda otra vez.

Nana no está hecha de células, huesos o músculos que la permiten movilizar sus pequeños bracitos; Nana está hecha de la nieve que pintorrojea tus ventanas y que decora los pinos del paraíso de la puerta de atrás, la nieve que en copos se enreda en sus pequeños rizos y congela su pequeña naricilla cada mañana otoñal. Nana no está hecha de carne, de todo lo que te resulta imaginable; su piel es translúcida aunque haya sido creada con fuego, el mismo fuego que caldea tu hogar y que al mismo tiempo podría destruirlo, el fuego que a la pequeña se le enmaraña en el vestido para hacerla cosquillas, porque a la pequeña Nana nada puede herirla.
El pelo de Nana no está hecho de finas hebras rizadas que en castañas cascadas le cae sobre los hombros, no es como el tuyo, o como el mío; está hecho de seda y reluce cada anochecer, con el canto de los grillos en las noches calurosas de verano, con el caer de las hojas en otoño, con el aullar de los lobos en invierno, con el crecer de la hierba en primavera. Y qué podría decir de su sonrisa de azúcar, que siempre asoma cuando otras huyen; que ella es aún demasiado pequeñita como para poder comprender la ausencia del sol en mañanas ahogadas y las lágrimas de otros ojos resbalando por mejillas heladas.
Por eso me gusta Nana. Porque está hecha de magia, ella es pura magia; está hecha de hadas y sabios cuenta cuentos, de estrellas que tratan de relucir entre nubarrones, de esperanza tejida en su propia piel de fuego, de amor incandescente que regala incluso a desconocidos, de esos que le dedican alguna sonrisa por las calles. Nana me gusta, porque está hecha de misterio, de un misterio que te deja resolver tras seguir algunas pistas colgadas de sus mejillas de porcelana y sus ojos claros, claros como agua limpia y cristalina, que siempre se mantienen así, por mucho que llueva. Porque para la pequeña Nana nunca llueve. Nada consigue borrar su sonrisa, o la estela que deja tras de sí en el camino que ha seguido a lo largo de su corta vida.
A veces me gustaría ser como ella. Una estrella fugaz, un viento que trae cambios, la certeza de saber amar. A veces me gustaría ser pequeña y menuda otra vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario