29 de febrero de 2012

V de volver.

Espero volver. Por mucho que me distancie, por muchos pasos que dé en la dirección contraria, por muchos copos de nieve que caigan a lo largo del camino; espero que en el caso de que me salgan raíces sea capaz de arrancarlas, que no me quede aquí viéndolas venir. Pero querría poder volver después de un tiempo, deshacer todo lo que escribí, vivir sin olvidar quién soy y de dónde vengo.
[Las palabras que no cobran sentido, hasta que no se lo des tú]

12 de enero de 2012

No sé si llegaré a mañana...

Miro para atrás y todo vuelve a ser igual,
todo lo bueno vivido ahora me es desconocido.
No sé a dónde iré, no sé a quién encontraré,
sólo sé que alguien habrá, sólo sé que durará
como la estrella fugaz que en un instante morirá.


Hace mucho tiempo todo era más sencillo,
veíamos el mundo tras el humo de un pitillo.
No es lo prometido, y veo obligaciones
en el mismo sitio en el que antes veía canciones.


{Gritando en Silencio}

5 de enero de 2012

El humo de su cigarro.

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El humo de su cigarro se desvanecía frente a aquel ventanal que le ofrecía la imagen empañada de una calle desconocida para ella, mojada por el rocío y transitada por unos pocos gatos solitarios que se perdían en callejones oscuros.
Su última hipótesis elaborada aquella misma noche la había completado de nuevo como persona, como mujer que seguía en busca de la ciencia perfecta que definiera lo que sentía cuando labios desconocidos exploraban los rincones de su figura y de su mente. Ella ya volaba lejos de aquel pequeño apartamento aunque siguiera plantada ahí, frente a unos ojos oscuros e inocentes que la taladraban como si fueran a comérsela, primero con cautela, luego con fogosidad desmesurada aunque ligero respeto. ¿Respeto? Él no sabía cómo llamarlo. Y debería saberlo, o quizás lo sabía pero no lo entendía: no era más que una prueba expuesta sobre la mesa de laboratorio que era su cama, su cama hecha pedazos y envuelta en sábanas blancas, que olían a pasión, a ausencia de amor y a un poquito de alcohol. Se moría por tentar a la suerte de nuevo.
“Me encantas”, susurró con una voz que sonó a niño para ella y que le hizo soltar una floja risilla antes de expulsar el humo por entre sus labios carnosos. Su respuesta siempre era el silencio, daba igual si el monólogo que presenciaran sus oídos fuera expuesto por un experto en prácticas como ella, o por un crío que inútilmente intentaba arrastrarla a su lado una noche más con alguna que otra súplica. “Quédate”.
Y ella siempre actuando igual, como viejo animal de costumbres. Consumió su cigarrillo, buscó entre cosas que nada significaban para ella sus tacones y su vestido recién estrenado, que dejó impregnada la habitación de su propia esencia y naturaleza cuando se fue sin mirarle ni una sola vez. En busca de más material para elaborar más hipótesis. En busca de la teoría perfecta.
Él aún recuerda sus labios, aunque nunca supo su nombre.

2 de enero de 2012

Pequeña y menuda otra vez.

Nana no está hecha de células, huesos o músculos que la permiten movilizar sus pequeños bracitos; Nana está hecha de la nieve que pintorrojea tus ventanas y que decora los pinos del paraíso de la puerta de atrás, la nieve que en copos se enreda en sus pequeños rizos y congela su pequeña naricilla cada mañana otoñal. Nana no está hecha de carne, de todo lo que te resulta imaginable; su piel es translúcida aunque haya sido creada con fuego, el mismo fuego que caldea tu hogar y que al mismo tiempo podría destruirlo, el fuego que a la pequeña se le enmaraña en el vestido para hacerla cosquillas, porque a la pequeña Nana nada puede herirla.
El pelo de Nana no está hecho de finas hebras rizadas que en castañas cascadas le cae sobre los hombros, no es como el tuyo, o como el mío; está hecho de seda y reluce cada anochecer, con el canto de los grillos en las noches calurosas de verano, con el caer de las hojas en otoño, con el aullar de los lobos en invierno, con el crecer de la hierba en primavera. Y qué podría decir de su sonrisa de azúcar, que siempre asoma cuando otras huyen; que ella es aún demasiado pequeñita como para poder comprender la ausencia del sol en mañanas ahogadas y las lágrimas de otros ojos resbalando por mejillas heladas.
Por eso me gusta Nana. Porque está hecha de magia, ella es pura magia; está hecha de hadas y sabios cuenta cuentos, de estrellas que tratan de relucir entre nubarrones, de esperanza tejida en su propia piel de fuego, de amor incandescente que regala incluso a desconocidos, de esos que le dedican alguna sonrisa por las calles. Nana me gusta, porque está hecha de misterio, de un misterio que te deja resolver tras seguir algunas pistas colgadas de sus mejillas de porcelana y sus ojos claros, claros como agua limpia y cristalina, que siempre se mantienen así, por mucho que llueva. Porque para la pequeña Nana nunca llueve. Nada consigue borrar su sonrisa, o la estela que deja tras de sí en el camino que ha seguido a lo largo de su corta vida.
A veces me gustaría ser como ella. Una estrella fugaz, un viento que trae cambios, la certeza de saber amar. A veces me gustaría ser pequeña y menuda otra vez.

1 de enero de 2012

?

Sigue preguntándose por qué cuando la mar reluce y le devuelve la sonrisa en corrientes cálidas y tranquilas, busca excusas inexistentes para imaginarse unas aguas turbias y fangosas. Aún se pregunta por qué de vez en cuando necesita gritar de rabia por nada y odiar, odiarle, por cualquier motivo farragoso, casi inexistente, y cruzarse de brazos en un gesto indestructible que ni las pocas muestras de orgullo del otro podría deshacer. De vez en cuando entra, entran en una espiral que no tiene fin, la que resulta de los berrinches injustificados de ella, de las pocas ganas de regalar caricias del otro, de sus pocas ganas de aventurarse para averiguar, para preguntar, qué es lo que les ocurre a esos ojos de otro mundo.
Todavía ella busca la respuesta a la pregunta aún no formulada. En esos momentos en los que no imperan los besos dulces y los ojos iluminados, las palabras vivas que se sienten hondo en el cuerpo, incluso cuando los separan kilómetros; en esos momentos en los que alguna especie de demencia latente deja entrever en su cabeza las ganas de joder, ella busca la respuesta a la pregunta aún no formulada. El por qué de sus esporádicas pero existentes niñerías y sus ganas odiosas pero irremediables de creer que de vez en cuando un capítulo malo, de pasión retorcida con final feliz le aportaría algo de emoción a una historia ya de por sí tremenda, irrompible, ojalá interminable. Niñerías que con el tiempo encuentra estúpidas. Que con el tiempo solo quiere abrazos y ya está, olvidarse de su demencia, y lo demás le da igual. Nada de capítulos extraños que tuerzan las cosas en ella, entre ellos. Sólo abrazos, y la continuación de su historia interminable.

Cuando encuentre el manual de su propia cabeza y de eso que llaman amor, quizás encuentre la respuesta a la pregunta aún no formulada.

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