4 de diciembre de 2011

La delgada línea.

Dos hombres de negro que pasean sin tambalearse entre la delgada línea que tristemente existe entre el amor y el odio.
-      Me alegro de que le hayan ascendido. Eso sin duda significará que tiene lo necesario para poder pasearse por aquí, entre alegrías y calamidades. Que tiene lo necesario para poder juzgar y comprender. Necesito retirarme con la sensación de que usted podrá encargarse de todo esto como yo lo hice, o mejor aún.
-        Claro que sí. No se preocupe.
No detienen el paso entre tantas sensaciones de intensidades tan diferentes, que ya conocen o creen conocer, a las que ya están tan acostumbrados. El que es más viejo, aquel que pronto desaparecerá, hace un alto.
-        ¿Qué espera encontrarse aquí?
-        Bueno, lo de siempre. Desde pequeños engaños de una noche y promesas de créeme que no lo volveré a hacer, hasta la maté porque era mía.
-        ¿Algo más?
-        Claro, mucho más. Dudas, remordimientos, promesas, pequeños pensamientos que para ellos no pintan nada dentro de su cerebro cuando todo va bien, cuando no podría ir mejor. Pensamientos que intentan acallar, pero sin éxito, pensamientos que les hacen preguntarse si por esta vida es mejor caminar solo. Y yo no les culpo. Nuestra mente siempre dio mucho que hablar.
-        Sí, estoy de acuerdo. ¿Algo más?
-        Celos. Ellos mismos saben que son incomprensibles, pero siempre fueron capaces de derrumbar hasta al más fuerte, de arruinar un momento perfecto. Y que alguien mate por ello, en fin... Triángulos amorosos destinados al fracaso. Engaños, besos de terceros en unos mismos labios. Manchas de carmín en camisas descuidadas. Lágrimas derramadas que emborronan miradas, muchas de ellas perdidas en vano. Y hasta que uno se da cuenta de cuánto ha perdido el tiempo, transcurren segundos, minutos y horas de una vida que podría estar teñida de risas, y que sin embargo está hecha añicos. Quizás algunos nunca abran los ojos, o cuando quieran hacerlo ya sea demasiado tarde. Por eso me encuentro aquí, supongo… Usted ya sabe de lo que hablo. Me entristece saber que la humanidad tenga tanta facilidad para odiar después de haber amado a una persona, sobre todo cuando muchos piensan que nadie podrá llegar a amar como ellos han amado, aman o amarán. Qué irónico, ¿verdad?
El más viejo no se pronuncia. Llegan al final del trayecto. El que aspira a caminar sin tambalearse sobre la delgada línea que separa el amor del odio suelta una floja risilla.
-        Desconocía que esta línea tuviera fin, la verdad.
-        Pues eso sí que me entristece. ¿No tiene nada más que decirme?
-        No, señor. ¿Qué más quiere que le diga? Conozco todo lo que el ser humano es capaz de hacerle al prójimo por amor. El ser humano todo lo destruye, incluso aquello que no es material, todo lo degrada, con todo acaba.
-        Pues lamento decirle que no será usted el que consiga caminar por esta línea sin tambalearse y sin caer de ella, pues lo único que conseguirá será consumirla aún más. No quiero aquí a alguien que solo sepa leerle al mundo las malas noticias, que piensa que el amor está en decadencia o los besos a terceros no se pueden perdonar. No quiero a alguien que olvida que aún queda gente cargada de sinceridad, cargada de carcajadas por compartir, sueños, esperanzas y alegrías que regalar, caricias sinceras que como descarga eléctrica aportan sensaciones a otra piel, día a día, noche tras noche.

Un día, quinientas sonrisas...

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