14 de diciembre de 2011

Don't stop me now.

Querría meterme en la ducha y no salir en 365 días. Quizás ni ese tiempo sería suficiente para quitarme toda la suciedad que tengo metida dentro de la cabeza, ese tipo de suciedad que no se quita con jabón, sólo con la conciencia y la razón, eso de lo que precisamente muchas (quizás, demasiadas) veces he carecido.
Intento seguir siendo una ilusionista. Quiero seguir sorprendiendo a cualquiera que se ofrezca a escucharme, incluso a mí misma. Ya aprendí a levantar los pies del suelo, y de hecho me he pasado toda la vida así, sin preocuparme por qué habría abajo, sin preocuparme por lo que vendría después. Así es que me he caído.

Porque he tardado en comprender lo que mucha gente aún ignora, que uno no se puede esconder de la vida entre renglones de libros que narran historias de dragones, o entre los propios renglones que escribe uno mismo. Que la vida no consiste en elegir ropa para desfasarse un sábado, en pintarse las uñas o en tener como mandamientos decenas de canciones. Tampoco podemos alejarnos de los problemas al colgarnos de cualquier fin de semana, y da igual que los dejemos olvidados en el fondo de un vaso intentando esbozar una sonrisa. Probablemente ningún niño se emocionará leyendo mis propias palabras en algún libro, probablemente nunca pueda vivir alejada de la civilización con el único propósito de fotografiar lo que vivo.
Porque mi edad y mis ilusiones, y mis ganas de ilusionar, son ajenas a todo lo que estoy viviendo, ajenas a la realidad. Parece que ya no me quedan más dados por tirar, y que la lección es dura de asimilar.

Entonces ya conozco la verdad. Pero he optado por olvidarla. A pesar de haberme caído, me he vuelto a levantar, me he atrevido a volar, y entre lluvia, nubarrones negros y un viento que tiraban a dar, he podido ver los rayos del sol otra vez.

Dame fuerte en la entrepierna
no me dejes que me duerma
que esta noche me las piro a
enseñarle los dientes al mundo contigo.

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